como calmar esta profunda obseción, como le explico a mi alma q se termino, me estoy volviendo loco por ti, y hasta en mis sueños te veo sin ti yo me muero"
1 comentario:
Anónimo
dijo...
Tal vez esto te ayude a pensar un poco y encontrar un solución a lo qe te pasa con tu amigo... Este homenaje lo escribio Jorge Guinzburg para Adolfo Castelo
Cómo despedir a un amigo “Este martes, uno de los días más tristes de mi vida, falté a sesión. quizás nunca como esa tarde, hubiera necesitado ir. no para entender la realidad, como suelo decir desde este espacio. creo que, a veces, un terapeuta más que analizar, a lo sumo, puede consolarnos. no es poca cosa y ese día me hubiera hecho mucha falta"
Ese martes no fui a su consultorio porque estaba en la casa de un amigo, comenzando a despedirlo. ¿Cómo se despide a un amigo? ¿A ese hermano mayor que no me dieron mis viejos pero me regaló la vida? Aun con la certeza de que entre nosotros todo estaba blanqueado, que los dos sabíamos cuánto nos queríamos y qué cosas nos iban a seguir molestando siempre, aun con todo lo que teníamos por decirnos ya dicho, cuánto nos queda por hablar y no hay posibilidad de hacerlo. Porque lo más triste, lo más terrible es que aunque algunos, intentando un homenaje, se empecinen en decir "Castelo no ha muerto", es mentira. Se murió, ya no está. Quedarán grabaciones, páginas, fotos, infinidad de recuerdos que van apareciendo, que se van sumando día a día, pero todo lo que le quedaba por pensar y contármelo desapareció con él. Se murió y ya no puedo volver a abrazarlo. Lo más horrible de su muerte es el vacío, la ausencia eterna de su cuerpo. Lo perdí, es definitivo. Es irrecuperable. En medio del dolor, envidio a Miguel Hernández que ante la muerte de un amigo pudo convertir sus lágrimas en palabras, su pesar en poesía. Quisiera lograr que esta despedida sea el homenaje que se merece y siento la culpa de no poder hacerlo. Hablar de su honestidad, de su creatividad, de su talento, me parece poquito. Decir que pocos tipos fueron tan coherentes en su vida, o mencionar que nunca le hizo trampas al solitario, como solía graficar, tampoco aporta mucho. Podría consolarme, sí, pensando que el mejor homenaje que recibió en su vida fue su muerte. Recién en su despedida se le hizo justicia. Desde hace mucho tiempo estoy seguro que cuando el Negro Dolina —uno de sus queridos amigos— dijo que todo lo que hacemos en la vida es para levantarnos minas, en realidad quiso decir que todo lo que deseamos en la vida es sentirnos queridos. Es muy probable que por eso nos expongamos a un micrófono, una cámara o una columna en un diario. Y si el sentido que intentamos darle a nuestra existencia es el de lograr afecto, Adolfo lo consiguió como pocos. Me sigue emocionando la imagen del Palacio de la Legislatura repleto de gente. Su mujer, sus hijas, su hermano, sus amigos de toda la vida, pero también esos otros cientos de amigos que jamás lo habían visto en persona pero fueron a despedirlo porque habían perdido a un ser querido. Jamás voy a poder olvidar su cuerpo tapado por flores, cartas, poesías y estampitas entregadas por desconocidos que lloraban su muerte. Ni a la multitud vivándolo cuando su cuerpo salió de la Legislatura. Ni la lluvia de papelitos que arrojaban desde los edificios cuando el coche fúnebre inició su marcha. Ni los aplausos desde las veredas al paso del cortejo. Ni el llanto de tantos y tantos famosos y anónimos que esperaban, bajo la lluvia, su llegada al cementerio. Ni la plegaria que inició el padre Mujica y a la que se sumaron todos entre lágrimas. Ni tantos abrazos que recibí esa tarde, de aquellos que al estrechar mi cuerpo se sentían un poco más cerca de Adolfo. Si el sentido de la vida es lograr ser querido, sé que se fue pleno. Pero tampoco me alcanza. Imagino que el primero que alguna vez pensó que había algo más después de la muerte es porque no se resignaba a no volver a encontrarse con alguien a quien quería tanto como yo a este compañero del alma. Tal vez el mejor homenaje, después de todo, se lo hizo aquel desconocido que unas horas antes del sepelio, al verme por la calle me dijo: "El último logro de Castelo es que logró llenar la Legislatura de gente honesta".
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Tal vez esto te ayude a pensar un poco y encontrar un solución a lo qe te pasa con tu amigo...
Este homenaje lo escribio Jorge Guinzburg para Adolfo Castelo
Cómo despedir a un amigo
“Este martes, uno de los días más tristes de mi vida, falté a sesión. quizás nunca como esa tarde, hubiera necesitado ir. no para entender la realidad, como suelo decir desde este espacio. creo que, a veces, un terapeuta más que analizar, a lo sumo, puede consolarnos. no es poca cosa y ese día me hubiera hecho mucha falta"
Ese martes no fui a su consultorio porque estaba en la casa de un amigo, comenzando a despedirlo. ¿Cómo se despide a un amigo? ¿A ese hermano mayor que no me dieron mis viejos pero me regaló la vida? Aun con la certeza de que entre nosotros todo estaba blanqueado, que los dos sabíamos cuánto nos queríamos y qué cosas nos iban a seguir molestando siempre, aun con todo lo que teníamos por decirnos ya dicho, cuánto nos queda por hablar y no hay posibilidad de hacerlo. Porque lo más triste, lo más terrible es que aunque algunos, intentando un homenaje, se empecinen en decir "Castelo no ha muerto", es mentira. Se murió, ya no está. Quedarán grabaciones, páginas, fotos, infinidad de recuerdos que van apareciendo, que se van sumando día a día, pero todo lo que le quedaba por pensar y contármelo desapareció con él. Se murió y ya no puedo volver a abrazarlo. Lo más horrible de su muerte es el vacío, la ausencia eterna de su cuerpo. Lo perdí, es definitivo. Es irrecuperable. En medio del dolor, envidio a Miguel Hernández que ante la muerte de un amigo pudo convertir sus lágrimas en palabras, su pesar en poesía. Quisiera lograr que esta despedida sea el homenaje que se merece y siento la culpa de no poder hacerlo. Hablar de su honestidad, de su creatividad, de su talento, me parece poquito. Decir que pocos tipos fueron tan coherentes en su vida, o mencionar que nunca le hizo trampas al solitario, como solía graficar, tampoco aporta mucho. Podría consolarme, sí, pensando que el mejor homenaje que recibió en su vida fue su muerte. Recién en su despedida se le hizo justicia. Desde hace mucho tiempo estoy seguro que cuando el Negro Dolina —uno de sus queridos amigos— dijo que todo lo que hacemos en la vida es para levantarnos minas, en realidad quiso decir que todo lo que deseamos en la vida es sentirnos queridos. Es muy probable que por eso nos expongamos a un micrófono, una cámara o una columna en un diario. Y si el sentido que intentamos darle a nuestra existencia es el de lograr afecto, Adolfo lo consiguió como pocos. Me sigue emocionando la imagen del Palacio de la Legislatura repleto de gente. Su mujer, sus hijas, su hermano, sus amigos de toda la vida, pero también esos otros cientos de amigos que jamás lo habían visto en persona pero fueron a despedirlo porque habían perdido a un ser querido. Jamás voy a poder olvidar su cuerpo tapado por flores, cartas, poesías y estampitas entregadas por desconocidos que lloraban su muerte. Ni a la multitud vivándolo cuando su cuerpo salió de la Legislatura. Ni la lluvia de papelitos que arrojaban desde los edificios cuando el coche fúnebre inició su marcha. Ni los aplausos desde las veredas al paso del cortejo. Ni el llanto de tantos y tantos famosos y anónimos que esperaban, bajo la lluvia, su llegada al cementerio. Ni la plegaria que inició el padre Mujica y a la que se sumaron todos entre lágrimas. Ni tantos abrazos que recibí esa tarde, de aquellos que al estrechar mi cuerpo se sentían un poco más cerca de Adolfo. Si el sentido de la vida es lograr ser querido, sé que se fue pleno. Pero tampoco me alcanza. Imagino que el primero que alguna vez pensó que había algo más después de la muerte es porque no se resignaba a no volver a encontrarse con alguien a quien quería tanto como yo a este compañero del alma. Tal vez el mejor homenaje, después de todo, se lo hizo aquel desconocido que unas horas antes del sepelio, al verme por la calle me dijo: "El último logro de Castelo es que logró llenar la Legislatura de gente honesta".
Por Jorge Guinzburg
nati
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